A partir de ciencias como la arqueología y la interdisciplinariedad con otras ciencias, según el autor José Ignacio Vegas Aranburu, Arqueólogo e historiador del arte, disponemos de la información necesaria para cuestionar el concepto del “buen salvaje”.

Lo demuestra a través de yacimientos arqueológicos del Valle del Ebro durante su etapa final del Neolítico. Es honesto y nos transmite que queda mucho trabajo por hacer para poder construir afirmaciones sólidas, pero que aun así, las evidencias actuales apuntan a la existencia de violencia durante el Neolítico Ibérico. Estos indicios nos permiten cuestionar la teoría del buen salvaje y afirmar que durante el Neolítico hubo enfrentamientos armados entre humanos en el País Vasco en concreto y la Península Ibérica en general. Dichas evidencias son la construcción de murallas, empalizadas, ubicaciones estratégicas para una mejor defensa del territorio y gestión de los recursos, armas, escudos, cascos, restos humanos heridos por impacto de armas, etc. Nos permiten llegar a la conclusión de que existía la formación de soldados y ejércitos y que éstos combatían entre ellos. Lógicamente, no debemos imaginar los ejércitos actuales, su armamento  y tamaño se corresponden a la demografía prehistórica. Además aporta otras fuentes como estelas, cerámicas, grabados y posteriores testimonios escritos que reafirman la existencia de estos guerreros armados en época prehistórica. Ejemplifica las representaciones gráficas con el Arte Levantino. Se trata de representaciones gráficas de época neolítica que muestran la existencia de abundantes armas, guerras y sus consecuencias.

El sedentarismo establecido a partir de la Revolución Neolítica supuso la posibilidad de generar y acumular riqueza. El hecho de poder acumular riqueza también conlleva la necesidad de defenderla en caso de ataque, y en el polo opuesto, de atacar en caso de necesidad. La principal motivación que llevaba a los enfrentamientos bélicos tenía que ver con la relación que se establece entre los recursos y la población (tesis maltusiana).

El aumento de la población que crece exponencialmente hace que haya una mayor presión demográfica respecto a los recursos que crecen aritméticamente. Ésta, como es lógico, exige un mayor consumo a pesar de que se establezca la creencia de que dicho consumo era para cubrir las mínimas necesidades fisiológicas, dejando a un lado la acumulación de bienes suntuarios, o bienes inmuebles.

En consecuencia, se requerirán más recursos. Hay dos formas de conseguirlos: aumentando la producción (tesis anti-maltusiana de Ester Boserup: crisis maltusianas como forma de hacer un salto cualitativo que nos permite salir de la crisis producida por la relación existente entre población y recursos) u otra forma, robar los recursos ajenos a sus poseedores. Esta segunda opción, generalmente se resolverá con violencia entre los ladrones de lo ajeno y los propietarios de los bienes custodiados.

Estudios más recientes han demostrado que la violencia ya se daba antes de la revolución neolítica. Durante el Paleolítico inferior se ha podido demostrar episodios caníbales en Atapuerca producidos por el Homo Antecessor.

El canibalismo puedo darse por hambrunas, guerras o rituales. Pero en el caso estudiado, lo que sucede es que, según las evidencias aportadas por la primatóloga Jane Goodall, se comió únicamente a los niños . Si entendemos como canibalismo ritual aquel llevado a cabo como ofrenda a una o varias divinidades o como forma de obtener los atributos del enemigo derrotado una vez consumida su carne, las evidencias apuntan a que el homo antecesor no practicaba el canibalismo con este fin. Las últimas evidencias aportadas por Palmira Saladié, arqueóloga del Instituto de Paleo-ecología Humana y Evolución Social (IPHES), publicadas en la revista Magazine of Archaeological Sciences en el año 2012, nos indican que el motivo por el cual el Homo Antecessor practicaba el canibalismo era por preservar la hegemonía y el control de su banda sobre el resto de competidores de su misma especie cuando éste, en vez de practicar el nomadismo, se aposentaba por un periodo prolongado en un lugar determinado. Acabar con las crías de sus enemigos era la forma más eficiente de terminar con la banda, ya que era de entre todas las posibilidades, la que ofrecía un mayor resultado con el menor riesgo.

En definitiva, las evidencias apuntan a que es un error considerar como válida la teoría del buen salvaje. Ésta se sustenta más bien en una creencia cultural que compara al buen salvaje con Adán y Eva y al ecosistema prehistórico con el Edén. Los datos objetivos demuestran que el género homo ha sido violento al menos des de el paleolítico inferior y no desde el neolítico, motivado por la protección de los bienes materiales, sino que ya habían existido anteriormente episodios de violencia entre bandas con el fin de mantener la hegemonía sobre un territorio disputado y sus recursos.

Bibliografía
Vegas, J. I.: ¿Qué podemos decir hoy sobre la violencia en la prehistoria?.San Antonio, Biblid, 1999, pp. 295-308.
Saladié, P., et al., “The role of carnivores and their relationship with the hominid settlements at the TD6-2 level of Gran Dolina (Sierra de Atapuerca, Spain)”, Magazine of Archaeological Sciences (2012), Quaternari Science Reviews, Volume 93, June 1, 2014, Pages 47-66, ISSN 0277-3791, http://dx.doi.org/10.1016/j.quascirev.2014.04.001